Me lo encontré apilao junto a otros libruchos en el mueble mural de la sala de estar (una colección verdaderamente espantosa: que si no sé cuántos sobre la vida sexual a cual más tocho, enciclopedias feuchas sobre historia catalana, algún que otro best-seller cuya nueva edición ha aprovechado el éxito de su traslación al cine y hasta una chuminada en forma de elogio de la comunidad valenciana más rancia y derechista, escrita en castellano pero con mogollón de dialecto valenciano entrecomillado, lo cual da ese resultado terriblemente gilipollas que cabe esperarse de algo así; los antiguos dueños del piso debían tener problemas, y ser viejos, muy, muy viejos). De entre toda la mierda, fue el que más llamó mi atención. El título ya da risa: “La muerte: un amanecer”, de Elisabeth Kübler-Ross, una vieja honoris causa que por lo menos aseguraba que le daba por culo que se rieran de ella. Eso está bien, porque yo, aunque sin acritud ni nada, voy a reírme de ella.
Para ello es necesario (y más que suficiente) que haga unas pocas citas del libro. Por lo que parece, las más célebres:
(…) la muerte física del hombre es idéntica al abandono del capullo de seda por la mariposa. (…) Morir significa, simplemente, mudarse a una casa más bella, hablando simbólicamente, se sobreentiende. (…) Desde el momento en que el capullo de seda se deteriora irreversiblemente, ya sea como consecuencia de un suicidio, de homicidio, infarto o enfermedades crónicas (no importa la forma), va a liberar a la mariposa, es decir, a vuestra alma.
Pero lo mejor es la teoría de cómo se libera el alma y empieza el amanecer del título: a través de la energía psíquica, con la cual un puto fiambre es capaz de verse a sí mismo to tieso, y a to dios. Como las pelis, vaya. Pero la Kübler-Ross se explica tan bien y se toma tan en serio a sí misma que incluso a veces te convence de las patochadas que te suelta. Por eso da tanta risa. Como buena honoris causa llena de títulos, ha tenido que codearse con la muerte hasta flipar como la flipaba con la misma, patearse infinidad de hospitales y hablar con todos los moribundos que los habitaban. No cabe duda de que le iba el tema. Para ella, el tú a tú con los medio muertos era tan normal y encontraba la muerte tan romántica y liberadora que no me extrañaría que… nada, dejémoslo.
Pero la Dra. Kübler-Ross, mujer de ciencia, no bromeaba con que las personas que han estado clínicamente muertas durante cierto tiempo pueden haber desarrollado experiencias extrasensoriales durante el cuelgue mortal que les permite eso, verse a sí mismas, y qué sé yo, escuchar cómo las lloran, las ponen a parir, se ríen de ellas, ver cómo se follan sus cuerpos inertes o darse un voltio por ahí y esas mierdas. Incluso explica que algunas de ellas pueden tener la brillante idea de tomar la matrícula del coche que las acaba de atropellar y se ha dado a la fuga, en plan, “me cago en dios, fíjate, me han atropellao, mi cuerpo está hecho un cristo. ¿Cómo coño me recompondrán? Umh, espera, si estoy muerto, pero mira, a tomar por culo, ya que estoy, voy a tomar la matricula del coche del hijoputa ése, atropellagente, cabronazo, y si por una de aquellas vuelvo a la vida, lo denuncio por pirárselas y dejarme ahí tirao”. Pues mira qué suerte tuvo el tío. También explica que puedes ser tan gilipollas como para quedarte mirando cómo sacan tu cuerpo dolorosamente atascado en el salpicadero de tu coche con unos putos sopletes sin perder detalle.
Suponiendo que todo esto fuera cierto, al lector no le resultaría nada tranquilizador saber que “el mayor regalo que Dios haya hecho a los hombres es el libre albedrío. Y de todos los seres vivientes el único que goza de este libre albedrío es el hombre. Vosotros tenéis, por tanto, la posibilidad de elegir la forma de utilizar esas energías (a la física y psíquica, se refiere), sea de modo positivo o negativo. Desde el momento en que sois una mariposa liberada”. Para mí que a la buena de la Dra. también le enrollaba el terror, contar historias truculentas a los niños alrededor de una fogata y esas cosas.
Y es gracioso el modo que tiene de justificar su creencia en esas experiencias extrasensoriales que le llevan al convencimiento de que la muerte es sólo un comienzo. Volviendo a lo del simpático hombre que es capaz de memorizar una matrícula después de haber estado un rato muerto: “No se puede explicar científicamente que alguien que ya no presenta ondas cerebrales pueda leer una matrícula. Los sabios deben ser humildes. Debemos aceptar con humildad que haya millones de cosas que no entendemos todavía (…) Si yo utilizara en este momento un silbato de perros, vosotros no podríais oírlo, y sin embargo todos los perros lo oirían.” De puta madre. Mira, ¡chapó!
No digo que la muerte sea cosa de risa, pero puedes tomártela a coña (o como algo irremediable y normal, si eres un puto viejo) según el contexto (yo no dejo de hacerlo), y “La muerte: un amanecer” es un puto cachondeo. Me está divirtiendo el librito (se lee en nada. La edición de Luciérnaga es de letra gorda y tiene poco más de 100 pags. Otra cosa es tu aguante al tema). Voy a ver si continuo leyendo lo que me queda. Estoy impaciente por saber si al final la Dra. se va a enrollar y me va a hablar de las sombras endemoniadas espectrales de Ghost, que las estoy esperando.


