
Desesperado estaba ya por conseguir ver por fin este remake de uno de los más emblemáticos terrorcillos de Serie B de los 80 en su modalidad más punki, grosera, sangrienta, sexy, juvenil, divertida y macarra, Night of the Demons, que, lo recuerdo perfectamente, junto a cosas tan dispares como Fonda Sangrienta, Zombi, Rats – Notte di terrore y Demons II, supuso mi desvirgue en el gore a lo bestia en un muy corto periodo de tiempo. Los que también os enamorasteis del putón endemoniado de Ángela (y ser un churumbel de la generación de los 80 obsesionado con el heavy metal y el cine de terror ayuda mucho), sabréis apreciar las dos estupendas secuelas de la inaugural película de Kevin Tenney que en España llegaron directo a video. La primera de ellas, la inclasificable Night of the Demons 2, dirigida por el australiano Brian Trenchard-Smith, eclipsó las dosis de sexo, humor soez, efectos especiales repulsivos y el número de adolescentes en cada plano de su antecesora, aunque sin estar a la altura. La segunda, Night of the Demons III, aka Demon House, dirigida por el televisivo Jim Kaufman, volvía a los presupuestos del terror underground setentero con un guión apañadísimo del propio Kevin Tenney (a quien le tengo un cariño especial por ser el responsable de una de mis películas de terror favoritas de todos los tiempos, Witchboard), divertidas concesiones al thriller sórdido y una Ángela (como siempre, interpretada por Mimi Kinkaid) más explosiva que nunca.
Ahora, Adam Gierasch, autor de los libretos de las películas más intrascendentes y rudimentarias de la última etapa de Tobe Hooper, pero director de la memorable Autopsy, un amanerado terror de hospital especialmente violento, sorprende con este remake de la primera entrega siendo fiel al espíritu autoparódico y surrealista de la trilogía y alejándose completamente de los márgenes del mainstream (como con las secuelas, produce Kenney), a pesar de contar con el protagonismo de Shannon Elizabeth (en el papel de Ángela), Monica Keena (salida de interpretar a la heroína de Freddy vs. Jason) y un impagable y descacharrante Edward Furlong, no por ya algo cascado (y con unos kilitos de más), menos convincente en su papel de camello de poca monta que, por circunstancias, ha de ponerse a matar demonios mamarrachos en una caserón embrujado donde acaba de celebrarse una fiesta de Halloween.
Las deudas para con la mitología y la estética de la trilogía no son escasas, y Gierasch propone las mismas reglas e inventa unas nuevas, todas tópicas, pero deliciosas en su traslación. Se repiten, como era de esperar, algunas escenas de la original, como aquella tan célebre del lápiz de labios, aquí un poco salida de madre; Linnea Quigley (y su culo, claro) hace un cameo; las tías están muy buenas, van con pintas de güarra total y parecen haber sido escogidas por sus mastodónticas dotes mamarias (con permiso de las interpretativas, que ahí están, aunque no tan grandes); los numerosos Fx de transformaciones, caras arrancadas, tripas siendo devoradas, líquidos viscosos, demonios de cuento chino para niños y demás chucherías, por desgracia, no producen el mismo efecto que aquellos tan grimosos y resultones que Steve Johnson realizó para la original, pero están bien resueltos, y sólo el clímax final, trepidante, vale tanto o más que las dos secuelas antedichas juntas.
Lástima que en la primera mitad el ritmo desfallezca en ocasiones y que la Elizabeth no encuentre la química adecuada con el demonio que la posee (al contrario de la clásica Mimi Kinkaid, que se superaba en cada nueva entrega), además, hace un retrato de la adolescencia cachonda bastante pasada de rosca, pero dicho clímax final, unido a una absurda aunque ingeniosa vuelta de tuerca, compensa y recompensa. No es mejor que la original, pero sí una alegre y muy respetable actualización del mito de Ángela que entusiasmará a los que comprendemos, seguimos, revisitamos y amamos la serie, con sus más y sus menos.