Detrás de una ficción concebida con tino y solvente claridad, excelentemente interpretada, además, un melodrama empalagoso, vacuo e irritante, que juega al desconcierto de emociones en su entrelazado de diversos géneros para un formato de falso documental que convencerá al crédulo y sobrecogerá al moñas.
El punto fuerte, un montaje en armoniosa sincronía con el simulacro de un suceso melancólico de la delirante y obsesiva vida virtual de un orfebre del timo emocional y autocompasivo en la piel de una triste ama de casa aspirante a artista, sin embargo, se ve truncado por una afección de culebrón de cuarta que incluso es mediada por una filosofía moralizante bastante babosa.
Hay, al menos, un par de momentos inquietantes, por desgracia, sólo aparentes, y algún apunte revelador y acertado sobre la manipulación de los sentimientos y el radical egoísmo de las personas vía Facebook, pero el giro “sorprendente” que da la historia tiende al patetismo de un vulgar retrato de una familia disfuncional. O sea, que asistir al arduo proceso de frágil humanización de una psicópata sentimental, me supone un viaje de nulo interés.
Elucubrando, los motivos por los que nos gusta tanto, por ejemplo, Misery, son totalmente primitivos y amorales, respaldados por una psicopatología momentánea y segura. No queremos compadecernos del monstruo, no así, sino disfrutar de su condición mefistofélica y brutal. Catfish actúa a la contra de todo esto. Por la misma razón, a algunos les parecerá original, delicada, sensible, diferente, pero en última instancia a mí sólo me parece una puta mierda. Desde luego, estoy diciendo que la culpa es mía, que no trago con soluciones así de blandurrias y condescendientes.
