Conscientemente o no, meter en un mismo saco, uno desgastado y muy pequeño, eso sí, a Julio Verne y HP Lovecraft es un gran mérito en sí mismo, y si encima los resultados son altamente propicios para lo poco que a priori podían haber dado de sí, hablamos, pues, de una de las películas más destacables del cine fantástico español de los 60.
El sonido de la muerte posee la virtud de la modestia, la pureza y la desvergüenza, es una Serie B de honesta imperfección y, además, una película de terror con todas las letras. Filmada en España en coproducción con la American International Pictures, nace con el propósito de prodigar y probar la eficacia artesanal del cine de género barato en España a mayor gloria del modelo Roger Corman, con premisa mínima y porte estilizado, obra de un inspirado (y ahora hace un lustro fallecido) José Antonio Nieves Conde, quien volvió al fantástico años más tarde con una película que me gustaría mucho tener la oportunidad de ver algún día, Marta.
El norteamericano Sam Abarbanel, artífice del proyecto y responsable del primer borrador del guión, procuró no cargar las tintas y si de algo sirvió la españolización de la idea de base fue para darle ese distinguido y agradable toque rural inconfundiblemente castizo que tanto gusta fuera de nuestras fronteras. Algo tendrá que ver con esto, digo yo, que la historia de unos arqueólogos en busca de un antiguo tesoro escondido en una cueva maldita, custodiada por un monstruo invisible, y refugiados y luego asediados por la presencia sólo sonora y letal del monstruo en una cabaña en mitad de la montaña, podría haberle servido de antecedente directo a Sam Raimi para Posesión infernal, con la que comparte escenas de un fuerte parentesco (el estruendoso y escalofriante rugido del monstruo persiguiendo a los protagonistas por dentro y fuera de la cabaña, dando portazos a diestro y siniestro; los silencios, por el canguelo; la presencia de hachas y su agresiva tendencia a la casquería para ser una película de los 60 y filmada en B/N), pero lo verdaderamente persuasivo en sus intenciones es su disposición total a la Serie B, de la que entiende, fabrica y practica sus estratagemas para engañar a un presupuesto ínfimo, con un par de escenarios, unos efectos especialmente ingenuos y unos pocos personajes.
Y hablando de personajes, supuso el debut cinematográfico de Ingrid Pitt, la después coronada reina de la Hammer, y Soledad Miranda se las apaña para protagonizar uno de los mejores momentos, un exótico y folclórico baile a ritmo de las palmas de Arturo Fernández, cómo no, interpretando al pichabrava de siempre. Si a ello le sumamos el típico machismo celtibérico de la época tan pasado de rosca, los diálogos de besugo y el magnífico hacer tras las cámaras del director (filma con tino escenas de suspense, atmósfera y sangre), desde luego no logro comprender cómo una película que trasciende de esto modo lo simpático y entrañable sólo puede degustarse en filmotecas. Joder, ni es que un mísero pase televisivo.


