My Son, My Son, What Have Ye Done (Werner Herzog, 2009); Take Shelter (Jeff Nichols, 2011)
Pongamos por caso que Werner Herzog no es ese director majara que no se espanta cuando, en las entrevistas, lo tirotean con un rifle de aire comprimido; que no le hace ascos a comerse una alpargata en una apuesta; que no teme ridiculizar un clásico de culto (con su muy resultón remake de Bad Lieutenant, en el que se burlaba de la beatería de Ferrara sustituyendo símbolos religiosos metidos con calzador por absurdos grandes angulares de iguanas) y esas otras cosas rarunas que caracterizan a este señor y paso de enumerar porque supongo que son muchas e ignoro la mayoría. Ahora, ¿cómo se come uno esta My Son, My Son, What Have Ye Done, que sólo con el título ya da risa? Probablemente de ninguna manera, la historia de un tío que viaja a Perú y se le va la pinza después de visitar la Machu Picchu, afectando gravemente ello a su papel en una obra de teatro griega que representa en su ciudad, San Diego, únicamente plantea un thriller de cuchufleta que niega lo convencional porque Herzog se empeña en mover a sus personajes como si fuesen de otro planeta mientras una patosa steadicam los sigue a todas partes, aparecen flamencos rosas como rehenes y el matricidio indica el principio de un total absurdo. Pero viniendo de Herzog tiene su sentido, mucho más si estamos hablando de una peli de Herzog que ha ido a fijarse en David Lynch, no en vano, uno de los productores de la bufonada.
Por lo tanto, que algún tontolabas se tome en serio los ridículos y nimios propósitos de la trama en sí es el mayor logro para una peli que se te está descojonando en la cara mientras ese otro que tal, el crítico serio, se estruja la sesera intentando establecer una conexión significativa y profunda entre tragedia griega clásica, Antonioni y ella, ignorando, tal vez, que lo de Herzog es, casi siempre, hacer comedias grotescas que parecen estar narradas con la punta de la polla pero que talento en lo suyo no les falta, y más si cuentan, insisto, con el apoyo de Lynch y parte de los actores fetiche de éste figuran en ellas (y hablando de actores marcianos, atención aquí al simpatiquísimo choque entre Udo Kier y Brad Dourif con Michael Shannon de por medio).
Y, bien visto, cómico también es el encasillamiento de Michael Shannon en su ya habitual rol de zumbado desde que partiera la pana en este tipo de registros con la brutal Bug de Friedkin, en parte por resultar una parodia de sí mismo en My Son, My Son… y en parte por desmitificarse a lo bestia en la mucho más interesante Take Shelter, donde damos por hecho al zumbado desde el principio, atendiendo al resquebrajamiento mental, familiar y social de un tío que parecía muy normal pero… nada, nada, mejor dejarlo a él en esta peli en eso de que se desmitifica, que es la gracia.
A Jeff Nichols, el director de Take Shelter, quien ya pensó en Shannon para un rol fuera de los albores habituales de éste en la curiosa y también muy suya Shotgun Stories, le va ese rollo de hacer lo que le pase por los cojones, pero con mucha calma y siendo la hostia de sutil, es decir, casi aburriendo al principio, siempre de menos, pero casi nada, a más y lo inesperado, lo cual es ya todo un mérito actualmente. Un moroso el Nichols, un tío clasicote, sobre todo en Shotgun Stories, donde se limitaba a marear a un montón de personajes dolidos por la pérdida de uno de ellos, dando apenas importancia a lo que parecía ser el motor de todo, la venganza, para fijarse en lo exponencial de un drama familiar sin resultar demasiado coñazo o pretencioso, haciéndolo, además de bien, diferente, vamos.
Pero Take Shelter sí manda huevos: lo que aparenta un Allan Ball sin su cabrona ironía, o sea, una chusta, con la historia de un pobre chalao paranoide con antecedentes de lo suyo en su familia y los problemas que acarrea en todos los que le rodean y le quieren, es un guantazo al creyente en un cine independiente sin chicha, ése al que sólo le es necesaria una gilipollez de excusa dramática con ambientes mataos, mejores amigos, esposas e hijos para soltar memeces sobre minimalismo, familias disfuncionales y culebrón en general; un guantazo quizá algo tramposo, pero inteligente, bien medido, que le gira la cara a aquél con una chula conclusión que rezuma amor al fantástico y a las historias postapocalipticas a lo “The Twilight Zone” y lo clava con un particularísimo pesimismo.



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